viernes, 25 de febrero de 2011

Al amigo, al colega, al periodista y el escritor:

Alguna que otra vez, entremedio de las charlas que solíamos tener entre nota y nota con Gustavo, insistía en que quería algunos de sus cuentos breves para mis blogs.

Eran historias escritas para sus pequeños hijos y allí reflexioné que es muy difícil escribir para niños que tienen todo tipo de imágenes y películas a su alcance. Esto hace doblemente titánica la empresa, pero nada más bello que un cuento contado a un hijo, mientras el sueño llega.

Siempre desviábamos la atención en otros temas y se postergó mi pedido. Alejada un poco de nuestros diálogos casi cotidianos y de mi Facebook, hoy decidí entrar, buscando una foto familiar y aquí estaba uno de sus cuentos. Líneas que traducen su espíritu sensible y observador.

Amerita entonces compartir estas líneas escritas con el corazón y más que nada, porque El Primo, fue uno de esos personajes que forman parte de nuestra historia popular, más allá de sus esperas y sus miserias.

Dicen que partió para siempre, un cruel día de invierno cuando buscaba refugio, bajo el techo de la verdulería de Avenida España y Colón, que le favorecía con algunos alimentos, pero se quedó en el camino.

Infinitas veces fueron a buscarlo para ayudarlo a salir de ese mundo inhóspito. Infinitas veces se escapó hacia lo que era su libertad, esa libertad que lo devoró en silencio y soledad.

Gustavo Díaz, periodista, amigo, escritor de borradores infinitos, aquí este pequeño homenaje, mientras en este momento te recuerdo con afecto y aguardo esos cuentos sueltos, que seguramente están engordando algún libro olvidado de tu biblioteca.

El Primo:
Historias sobre gente que vive en la calle

Es una tarde de esas para el olvido. El viento sur cala los huesos, y los que caminan por la calle, lo hacen apresuradamente como si con ello pudieran dejar atrás al frío que acecha cual peor enemigo.

Los refugiados en sus autos transitan las calles sin mayores contratiempos, con vidrios empañados y miradas cómodas.

Él, está parado en medio de una avenida, se le puede ver la barriga que sobresale de su ropa dos talles más chica. Su pantalón, no ajeno a esto, deja ver también sus tobillos. Sus manos están cubiertas a medias por unos guantes gastados por donde asoman todos sus dedos.

Alto, de pelo corto, tan corto, que muestra esas cicatrices profundas que encierran, historias, misterios, dolor, tristeza de una vida que le dio la calle como hogar, a sus tres perros como amigos inseparables y una mirada fría, voz fuerte y temperamento cambiante como el tiempo.

También esa vida, edificada vaya uno a saber de cuantas alegrías y tristezas o de aciertos y desgracias, le dio una adicción al alcohol, ese mismo alcohol que consume como vía de escape para olvidar o calmar un dolor que solo él entiende.

El ‘primo’, como se lo conoce, no se anda con vueltas, y así, caminando a pasos cansinos y torpes, elige un auto detenido ante la luz roja del semáforo para acercarse y pedir un peso.

Si un peso. Un peso que seguramente utilizará para comprarse algún alimento y la caja de vino de esa marca que se deja ver en una bolsa negra, a medio abrir, que sobre la vereda está al custodio de tres flacos perros.

Después de conseguir varias monedas. Si. Solo esas que él pide, lo seguí con la mirada mientras se alejaba con sus bolsas, sus amigos, y su pena.

Iba contento, a pasos largos. Los perros, detrás de él, movían la cola a un ritmo distinto, contentos y seguros que su amo les comprará algo para comer.

El sol, sin pedir disculpas, amagaba con irse. El camina con sus amigos, de a rato se para y los mira, los silva, siguen caminando como buscando un lugar sin ruidos para descansar.

El saco marrón a cuadros que lo abriga se pierde de mi vista en una esquina. El último perro dobla.

‘El primo’, tal como él se refería a todos recorría casi siempre la avenida Justo Daract y Aristóbulo del Valle. En el semáforo de la esquina pedía monedas. También solía hacerlo en Don Bosco y Avenida España.
Solía dormir por las noches en la puerta de la iglesia San Roque, abrazado a sus perros.

A veces lo hacía por las tardes junto al canal que se encuentra en calle Martín de Loyola, antes de Justo Daract.
Dicen que era un ex combatiente de Malvinas.
Decían que lo vieron enojarse al punto de querer matar a sus fieles amigos.
Decían que rezaba todas las noches, antes de dormir para pedir …una vida mejor.
Hace ya dos años que ‘el primo’ fue encontrado muerto en una de las acequias. Lo mató el frío. Estaba junto a sus perros, que aun deambulan por el lugar esperando verlo volver. Las oraciones dieron resultado…ahora vive una mejor vida.

¿Alguna vez te pusiste a observar la gente que vive en la calle? Mira para dentro. No critiques si te falta algo, antes mira alrededor, es simple...

De Gustavo Díaz, San Luis, jueves, 24 de febrero de 2011 a las 23:20

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